lunes, 24 de febrero de 2014

Pizza casera



Llevamos ya unas cuantas entradas dulces, y había prometido en la primera que no me dedicaría solo a hacer postres, así que toca poner en marcha nuestro horno para hacer algo salado… ¡pizzas!


Porque, aunque es verdad que normalmente relacionamos la pizza con la comida rápida (fast food), y por lo tanto con algo no muy sano, la verdad es que si la hacemos en casa, con buenos ingredientes y sin olvidarnos de agregarle algún vegetal, puede ser una comida bastante equilibrada… o al menos eso decía uno de mis profesores de bromatología (la ciencia de los alimentos, para quien no lo sepa), y esa es una excusa fantástica para disfrutar de una pizza sin cargo de conciencia.

 
Ingredientes:

700 g de harina
70 g de levadura fresca
1/2 taza de aceite de oliva
600 ml de agua tibia
sal
tomate natural triturado
orégano
y un montón más de ingredientes que escogeréis según vuestros gustos

Preparación:

Empezamos diluyendo la levadura en una parte del agua tibia y dejándola reposar entre 5 y 10 minutos para que comience a fermentar (podemos ayudarla con una cuchara de azúcar). Por otra parte unimos la harina (que puede ser de semifuerza, al igual que cuando hacemos un pan) con la sal y el aceite de oliva. Le agregaremos la levadura disuelta y luego poco a poco el resto del agua tibia, uniéndolo todo con las manos. Puede que no necesitemos agregar toda el agua. Dependerá del tipo de harina que utilicemos, de la humedad y la temperatura a la que esté nuestra cocina, del calor que le imprimamos a la masa con nuestras manos y mil cosas más. En cualquier caso, si no es necesario no agregamos toda el agua, ya que al final la masa ha de quedar suave y lisa, pero no pringosa.



Una vez decidamos que ya hemos puesto toda el agua que necesitamos, llega el momento de pensar en alguien que nos saque de quicio para desquitarnos a gusto golpeando la masa (¡je, je! es una gran terapia), así que golpearemos el bollo de masa sobre la mesa, con fuerza, muchas veces, hasta  que quede una masa fina. Una vez la tengamos, separamos los bollos que formarán cada pizza. ¿Cuántos bollos? Bueno, eso depende de cómo nos gusten las pizzas y del tamaño de las bandejas en las que las hornearemos. Para hacernos una idea, si hacemos pizzas individuales y nos gustan finas, tendremos suficiente con unos 200 g de masa por cada pizza, mientras que si usamos una bandeja de horno grande y nos gustan de masa gruesa, podemos necesitar hasta 600 g. Una vez los tengamos separados pondremos cada bollo de masa sobre las mismas bandejas en las que los hornearemos, untadas con aceite de oliva, y los cubriremos con film transparente o con un paño, para dejarlos leudar en un sitio cálido, durante un mínimo de 1 hora (pero mejor si es más tiempo).




Una vez doblen su tamaño, las estiramos con las manos humedecidas con aceite de oliva, sobre la bandeja donde las vayamos a cocinar. La imagen del pizzero haciendo volar la masa de pizza sobre los puños es fantástica, pero seamos realistas: haciéndolo de esta manera la mayoría de nosotros terminaría redecorando la cocina con trozos de masa por todas partes. Y la que os propongo es una forma mucho más fácil y segura de estirar la masa de la pizza sin necesidad de usar un rodillo (cosa que espantaría a un pizzero). Solo hay que ir estirando la masa poco a poco con los dedos hasta que ocupe toda la bandeja en la que la hornearemos. A continuación pondremos sobre cada pizza un poco de tomate natural triturado (por favor, abstenerse de poner tomate frito, desvirtúa totalmente el sabor de la pizza) y un poco de orégano.




Ahora llegamos a un punto controvertido: la mayoría de la gente pondría en este momento todos los ingredientes sobre la pizza y la llevaría al horno hasta que esté hecha. Yo no… yo la pongo ahora en el horno, sin más ingredientes que el tomate. ¿Por qué? Bueno, puedo daros la respuesta fácil, que sería “eso es lo que me enseñó mi abuela”, y sería verdad, pero como la mayoría de los que leeréis esto no conocisteis a mi abuela (un ser maravilloso y excelente cocinera, de quien aprendí muchísimo de cocina y de otras cosas) no sabréis la trascendencia que pueda tener  este punto, así que os daré una explicación más racional: es muy importante que la masa quede perfectamente cocida, incluso si se trata de una masa gruesa… ¡sobre todo si se trata de una masa gruesa! Y, una vez le ponemos el queso encima, si éste se tuesta, daremos la pizza por cocida, cuando en realidad, solo lo estará si su masa es finísima (cosa que al principio nos costará conseguir). Por eso, para asegurarnos de que la masa queda perfectamente cocida, la hornearemos solo con el tomate por encima, hasta que la masa esté hecha, pero no tostada. Además esto nos dará una enorme ventaja: podemos hacer la masa de la pizza con antelación, incluso podemos congelarla, y sacarla del congelador con el tiempo justo para ponerle los ingredientes por encima y hornearla hasta que se funda el queso, lo cual es muy práctico si tenemos algún invitado sorpresa, o si salimos con la familia y al volver queremos preparar la cena en 15 minutos.




En cuanto a los ingredientes que les pongamos por encima, cada uno es libre de poner lo que le guste. En mi casa hay algunos ingredientes que no faltan jamás (como las setas, el jamón, la cebolla, el pimiento, las olivas, el beicon, los espárragos, la rúcola o la albahaca) y otros que usamos mucho menos. Pero lo que no puede faltar nunca es el queso. Vale la pena experimentar, probar distintos tipos de queso, hacer mezclas y no olvidarnos nunca de poner un poco (o un mucho) de mozzarella. Bon appetit!

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